lecciones de vuelo con mathias rust.
Ella parecía una chica normal, pero no lo era. Era de esas chicas que ves al fondo del bar casualmente una noche y no puedes dejar de mirar. No llamaba la atención al principio, estaba como en un segundo plano, intentando no destacar. Pero si te quedabas observándola un rato, te dabas cuenta, ella era algo más.
Tenía ese tipo de aura que envuelve a algunas personas y las convierte en especiales. Sabía estar de pie, con la copa en la mano, mirando alrededor, sin que nadie se diera cuenta de lo que estaba mirando en realidad. Su mirada era profunda y muchas veces decía más de lo que era capaz de decir su boca. Su interior era un remolino de muchas cosas, buenas y malas, su cabeza nunca estaba quieta. Pensaba y pensaba, a veces, demasiado, otras, sin embargo, se dejaba llevar, y era entonces cuando la sonrisa se le desbordaba y era capaz de iluminar el lugar donde se encontraba.
Yo, desde el fondo del bar, la observaba. Siempre tuve un sexto sentido, un no se qué, que me avisaba cuando gente como ella se cruzaba en mi camino. Por casualidad, comenzamos a conocernos, y desde el principio, supe que nos llevaríamos bien. A veces me sentía sola, y ella me salvó de muchas cosas. Con ella nunca tenía miedo, nunca dudaba, sabía, casi sin conocerla, que era una de las pocas personas en mi vida por las que podría poner una mano en el fuego. Confiaba en ella más que en mi misma. Y era extraño, porque casi no la conocía.
Poco a poco fui conociéndola más a fondo, aunque al contrario que a mí, a ella le costaba contar algunas cosas, sobre todo, de las cosas que tenía más adentro. Cuando ella sufría, yo sufría con ella, cuando ella era feliz, yo también lo era. La confianza se fue haciendo cada vez más fuerte, aunque siempre quedaron cosas que nunca nos diríamos, aunque intuyéramos, o incluso, supiéramos con seguridad. Era un pacto que hicimos, tal vez, sin ni siquiera saberlo.
Aprendí a quererla, con todo lo complicado que era querer a alguien tan distinto a mí. Era complicada, callada muchas veces, y nunca o casi nunca hablaba de sus sentimientos. Era lo que más le costaba. Yo, respetaba su silencio, y con mirarla a los ojos, sabía muchas veces qué estaba sintiendo, o lo que estaba pensando. Ella sufría, y se callaba, y lloraba a solas, y yo me sentía impotente. Pero respetaba su forma de ser, quizá porque era tan contraria a mí que podía entenderla mejor que cualquiera. Era como verse en un espejo, al otro lado, siempre me daba la impresión cada vez que ella tomaba una decisión que yo hubiera hecho justamente lo contrario. Cuando no quería estar sola, me llamaba, nos veíamos, pero no hablábamos casi. Sólo con sentirse acompañada tenía suficiente y para mi, bastaba con mirarla para saber que estaba bien así.
Nunca la presioné para que me contara lo que le preocupaba, dejaba que ella encontrara el momento adecuado. En ningún momento pensé que ella no me contaba cosas por que no confiara en mí, sino porque simplemente, le costaba demasiado hacerlo.
Creo que no se sentía segura de si misma, que no se daba cuenta de todo lo bueno que tenía que dar a los demás. Quizá era miedo, no lo sé, miedo a sufrir, a sentir, a tantas cosas. Quizá prefería vivir de otra manera. Yo, que siempre he sido una kamikaze en cuestión de sentimientos, y he sufrido demasiado las consecuencias, no podía entenderla en muchos momentos, pero respetaba sus decisiones. Sé que todo el mundo no puede ser igual, sé que hay personas tan diferentes que lo que para alguien puede ser la salvación, para otros puede suponer un abismo.
Cuando le digo que es una rancia, me refiero a que le cuesta dejarse llevar, pone barreras antes de que esté el camino abierto. Planta un no antes que un tal vez. No sé si me entiende cuando le digo algunas cosas. De todos modos, se las digo, porque mi defecto más grande es que no sé quedarme callada.
Cuando conoció a alguien especial, tuvo tanto miedo que huyó de él. Al cabo del tiempo, ocurrió lo inevitable, lo que yo deseaba que hubiera pasado desde el principio. Pero ella tuvo que huir lejos antes de acercarse, antes de confiar, antes de dejarse llevar, de oír cómo latía su corazón. Supongo que si no hubiera huido no se hubiera dado cuenta de que este no era como los demás, que las cosas pasan cuando tienen que pasar y como tienen que pasar, y no antes. Nunca la he visto tan feliz, tan relajada, con la sonrisa tan grande en la boca. Ahora está lejos, pero eso, creo, es lo de menos.
Quizá es la persona más distinta a mí que he conocido. Quizá por eso es tan especial para mí. Quizá porque en vez de criticar la forma que tiene que vivir su vida, la comprendo de una forma que no puede comprenderla nadie.
Porque la veo desde el otro lado del espejo, y sé, que a veces, en este lado, en el mío, aunque a veces parezca que se está mejor, el dolor es más intenso, y quisiera saltar al otro lado, con ella. Donde las cosas se hacen con la cabeza la mayor parte del tiempo. Donde el corazón importa, pero siempre se queda en su sitio, y no desbocándose por la garganta cada dos por tres, como pasa en mi lado del espejo.
Ha cambiado mucho desde que la conocí, y si el primer día que la ví, al fondo del bar, me pareció especial, ahora que la veo después de cuatro años, sé que es aún más especial. Que conseguirá todo lo que se proponga en la vida, porque es fuerte, decidida, cabezota, luchadora, constante con las cosas que le importan, y que ha aprendido a confiar en sí misma un poco más, y a confiar en los demás. Que se siente más segura, más valiente, más ella.
Y en el fondo, me encanta que a veces, siga siendo una rancia. Pero, shhh, no se lo digas a nadie.
maria góngora gonzález.
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